Los seis imprescindibles

Hoy he encontrado una entrada sobre los seis autores imprescindibles de novela negra en el blog de J.C Planells, así que os la cuelgo íntegra porque me ha parecido muy interesante (aunque aquí tenéis el original).

“El poco estimulante estado actual –en mi opinión– de la novela policiaca en general y negra en particular, me ha animado a escribir este breve artículo donde repaso someramente a los que considero fundamentales de la novela negra en su estado más puro. Hoy, en que abundan las novelas con detectives de cualquier nacionalidad (griega, rusa, noruega, italiana…) e incluso época (medieval, victoriana, imperio romano, renacentista…), y cuando la novela negra en estado puro parece concentrada en intrigas inmobiliarias, económicas, politicas o de altas esferas, se ha perdido al parecer el espíritu transgresor de la novela negra inicial, que representan esos seis autores seleccionados, que a su vez son seis maneras distintas de enfocar la novela policiaca negra (es decir: social), y que encima no han tenido continuidad (excepto en un único caso) en lo que pasa por novela negra de nuestro presente. Todos menos uno han fallecido, y por supuesto todos son americanos, pues en Estados Unidos fue donde surgió ese subgénero de la novela policial, si bien su reputación le vendría mayormente vía Francia. Los seis seleccionados, en orden alfabético, son: W.R. Burnett, Raymond Chandler, David Goodis, Chester Himes, Jim Thompson y Donald Westlake.

W.R. Burnett (1899-1982) – Representa a la novela de gángsters dentro del género negro; no en vano es el autor de la casi fundacional El pequeño César (1929). Diversas de sus novelas narran historias de gángsters, bandas de atracadores, delincuentes profesionales y de los policías que deben combatirlos (La jungla de alfalto, Nadie vive para siempre). Pese a que sus historias son duras, tanto por los personajes, como por los ambientes en que se mueven o transcurre la historia –suburbios, garitos, comisarías–, en su narrativa hay siempre un cierto tono contenido, un estado de contemplación pero no de condena hacia lo que se presenta, incluso un toque vagamente romántico o poético en su trasfondo, en el ir y venir de unos personajes tocados por la fatalidad, dueños de un destino sólo momentáneo, sin futuro posible. Donde tantos otros autores, con el mismo material o parecido, abundaron en lo violento, lo brutal y lo vulgar, Burnett por el contrario se decantó por un tono descriptivo, apacible casi, más basado en la reflexión que en la acción. En cierto modo, su obra se hermana con la de Horace McCoy (1897-1955).

Raymond Chandler (1888-1959) – Es el único de los seis cuya fórmula de novela negra ha tenido continuidad hasta el presente. Derivando del Dashiell Hammett de El halcón maltés, Chandler depuró rápidamente la novela con protagonismo de detective privado, convirtiendo al personaje en una especie de desengañado y escéptico caballero andante dedicado a hurgar entre la podredumbre moral de las ciudades, las familias, los círculos de poder, los estamentos sociales, y sacando así a la luz el pasado oculto, los secretos inconfesables, el crimen enterrado u olvidado y el juego sucio de cualquier tipo. Su personaje de héroe cínico, amargado, inconfesablemente romántico, de frases y réplicas brillantes, habituado a recibir (o propinar a veces) trompazos, ha sido imitado hasta la saciedad y hasta la caricatura. Pero el estilo de Chandler sigue brillando hoy día, las réplicas de su Marlowe son ya clásicos y sus continuadores son sólo eso: continuadores, autores de fotocopias a veces cansinas. El largo adiós y La ventana alta, por ejemplo, mantienen una frescura envidiable. De sus muchos seguidores, sólo Ross MacDonald (1915-1983) se le acerca. Los demás (Parker, Estleman, Lawrence Block, Pronzini, Kaminski, et tutti quanti) repiten la fórmula y consiguen en todo caso pasatiempos agradables algunos de ellos.

David Goodis (1917-1967) – El lugar que ocupa David Goodis en la novela negra es ciertamente singular. En principio, es una réplica mejorada de William Irish/Cornell Woolrich (1903-1968), su casi coetáneo (y al que no se puede considerar un autor de novela negra en el sentido estricto de la palabra). Tienen en común ambientes parecidos, así como un similar sentido de la solidaridad entre marginados y perdedores, entre desesperados y perseguidos. Les diferencia su estilo literario: farragoso, atropellado y poco pulcro (nada, en realidad) en de Woolrich/Irish; meticuloso, sobrio, reposado y nostálgico el de Goodis. Por lo demás, parecen (casi) almas gemelas. Les diferencia la inclinación hacia lo macabro por parte de Woolrich/Irish y el tono social y poético de Goodis. Pero La senda tenebrosa y La calle de los perdidos podrían muy bien ser argumentos ideados por Woolrich/Irish puestos sobre el papel por la mano de Goodis: seres solitarios, barrios marginales, calles degradadas, personajes sin futuro, seres abocados al desastre y conscientes de estarlo, que viven un momento de gloria o de redención, para volver al estado anterior, a la oscuridad; seres que encuentran una mano amiga por unas horas o acaso por un tiempo, un consuelo temporal antes de un retorno al no-futuro. Les diferencia que Woolrich/Irish no incidía en lo social, y en cambio lo social preponderaba en Goodis. Sus novelas respiran –exudan– amor en medio de la miseria y la desesperación. Por todo ello no es de extrañar que la propuesta de Goodis carezca de continuadores en el policial de hoy día.

Chester Himes (1909-1984) – Sus novelas negras lo son por partida doble: Chester Himes era un escritor de raza negra que en sus novelas reflejaba casi siempre la problemática de su raza y el Harlem neoyorquino. Sus personajes eran o bien policías negros o delincuentes del Harlem, y si unos eran duros, los otros no le iban a la zaga. Su estilo literario era una mezcla casi imposible de humor (salvaje), violencia (descabellada) y crítica social (sin tapujos). No eran fáciles ni a veces agradables de leer. El sarcasmo presidía muchas de sus intrigas o anécdotas de la historia, pero a veces ofrecía un inesperado romanticismo agrio en medio de la violencia y deshumanización de sus personajes. Un ciego con una pistola y Por el amor de Imabelle son dos muestras de esa combinación de estilos en su obra, en la que no regateaba incluso críticas duras contra los propios negros del Harlem. Su obra era dura, dura de verdad, sin simulaciones ni pretender escandalizar: describía el mundo tal como lo veía. En principio, su dureza y falta de tapujos invitaría a pensar en posibles continuadores, pero nadie se ha acercado como él en la descripción de un territorio humano concreto y de una problemática aparentamente irresoluble. Por tanto, su propuesta sigue sin continuadores.

Jim Thompson (1906-1976) – Tan sublime como irregular es probablemente el escritor de novela negra más adorado por los fieles al género. Con razón: 1.280 almas apabulla al lector, le asombra y estremece por igual merced al vigor de su narrativa, a la falta de concesiones, al desgarro y la brutalidad que presiden la odisea de ese sheriff que asesina sin razones aparentes. Thompson conseguía perturbar al lector en muchas de sus novelas sin recurrir a los efectismos calculados de tantos otros autores posteriores o actuales: lo que otros (James Ellroy) realizan con alarde de pirotecnica, a Thompson le salía sin esfuerzo, de manera seca, desprovista de afán de provocar. Muchos han tratado de imitarle, ninguno ha conseguido acercársele. Su obra en el género es probablemente la más coherente de la historia de la novela negra. Thompson crea personajes psicopáticos, verdaderos alienígenas del mundo normal, en parajes bastante cochambrosos. A veces se vislumbra un rayo de luz entre tanta podredumbre (Libertad condicional), pero esto lo que hace es acentuar las tinieblas interiores del mundo de Thompson. Este autor rehúye todos los calificativos: es sarcástico, grosero, amable, simpático, brutal y siempre inesperado; desorienta al lector pero no lo manipula ni juega con él. Da la impresión de que ignore que alguien pueda acabar leyendo sus novelas (y de hecho, algunas sorprende llegaran a publicarse en la década de 1950). Sus imitadores se han quedado en la superficie, pero no han llegado al fondo, probablemente por temor a ahogarse.

Donald Westlake (n. 1933) –
El único que los seis que sigue vivo y en activo en este momento. Su incorporación como fundamental del género no se debe a sus novelas negras como Tiempo de matar ni a las publicadas con el seudónimo de Richard Stark en su serie Parker: lo cierto es que todas éstas son normales y corrientes y no denotan nada especial. El valor de Westlake como fundamental –e irrepetible– está en haber incorporado el humor en el género negro. Tanto en sus novelas protagonizadas por el ladrón Dortmunder (Un diamante al rojo vivo, ¿Por qué yo?) como en otras sin protagonista fijo (¡Ayudadme, estoy prisionero!, El muerto sin descanso), Westlake ofrece historias muy divertidas, a veces casi irreverentes, en que lo negro se alía con el humor más alegre y feliz. Una combinación aparentemente imposible, que sabe manejar de manera en verdad inimitable. En ellas se trasluce una mirada cínica y cariñosa a la vez hacia un género casi siempre violento, y al tiempo, hacia nuestra propia realidad. Westlake es, pues, un punto y aparte en el género negro.”

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Published in: on 26 febrero 2009 at 10:17 am  Comments (3)  

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